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.Ramón Buenaventura.

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"Creo que todo

artista debe

hacer lo que

le viene en

gana, sin

respeto de

ningún género

ni normativa"

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. Portada de la novela.

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"León Aulaga

y Ramón

Buenaventura

nacieron en

la Ciudad

Internacional

de Tánger

en 1940"

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Ramón Buenaventura:
[Novelista y crítico de Internet]
 
"Internet está lleno de
disparates y errores"

La última novela de Ramón Buenaventura, "El año que viene en Tánger" (Debate.1998), además de proveer del simple deleite literario, consigue incorporar al relato la "escritura electrónica", valga la expresión, con absoluta naturalidad, no en vano el autor es articulista de Internet en "El Semanal". Proselitista de la comunicación electrónica, crítico con algunos de los aspectos de la Red, Buenaventura se confiesa interesado sólo por el mestizaje cultural. La suya es una visión liberadora de la literatura, de la sociedad y del ser humano. Todo ello desde la contemporaneidad. No es poco.

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Todas las novelas, por vividas o soñadas, son autobiográficas. Pero "El año que viene en Tánger" se define en buena parte por su voluntad autobiográfica. ¿Por qué?

No veo yo voluntad autobiográfica. Los datos de mi propia vida están utilizados como marco de referencia, sirven para situar al protagonista, León Aulaga, en su lugar de nacimiento y en su periodo de formación. Pero dentro de "El año que viene en Tánger" Ramón Buenaventura es un personaje de ficción. Da igual que exista o no en la vida real.

¿Qué representa León Aulaga, ese personaje que hasta nació casi en el mismo día que usted?

"El año que viene en Tánger" es una novela, las novelas cuentan, y contar no es "representar". León Aulaga y Ramón Buenaventura son dos amigos que nacieron en la Ciudad Internacional de Tánger en el verano de 1940 y que a partir de los 18 años -cuando ambos se ven expulsados de su tierra natal nada menos que por la Historia- siguen derroteros totalmente separados. Luego, muchos años después, Ramón Buenaventura es el testigo que León Aulaga escoge para levantar acta de su vida. En el consiguiente relato no hay ni el más leve propósito simbólico.

¿Haber nacido "en una ciudad que ya no existe / en un país que entonces no existía", hace de usted un español un tanto atípico? ¿Su memoria del franquismo podría definirse como exótica?

Llegué a España en 1958, a los dieciocho años, con la adolescencia terminada, sin haber pasado por los rigores de la educación franquista (o, al menos, habiéndolos vivido de forma muy aligerada, gracias al ambiente de libertad que Tánger imponía). Esta diferencia quizá me convierta en un individuo atípico dentro de mi generación de españoles criados y adiestrados en España. Pero, ojo: todavía pude gozar durante casi veinte años de la democracia orgánica y los sindicatos verticales, hasta 1975... No obstante, me quedo con la idea: España ha cambiado de un modo tan ancho y tan profundo en este último cuarto de siglo, que hoy en día el franquismo nos parece, en efecto, un fenómeno exótico, un accidente histórico pasajero. Cuesta trabajo creer que ocurrió de verdad.

Si me permite, aunque su novela rezuma vitalismo, también a menudo muestra la impotencia hacia el pasado, hacia el recuerdo de lo vivido. ¿Diría que hay tristeza en ella?

Melancolía. Vivir es ir eliminando posibilidades. Cuanto más tiempo vivimos, menos variantes de nosotros mismos podemos llegar a ser. A partir de cierta edad, ya sólo nos cabe la aspiración de seguir siendo lo que somos, del modo menos deteriorado posible. Es esta constatación la que genera melancolía, no el hecho de que el pasado no pueda cambiarse. Porque, además, no es cierto: el pasado sí puede cambiarse. Estamos constantemente retocando nuestra memoria, para adaptar sus datos al presente. Recordamos lo que nos conviene, cuando nos conviene y del modo en que nos conviene. En este sentido, "El año que viene en Tánger" no se aparta de la norma: es un intento de ajustar la memoria al presente.

Baroja decía que la novela es un saco en el que entra todo. Usted, a través de la técnica de los documentos ajenos, traducciones, etc., también busca un efecto de acumulación. ¿Se debe a una necesidad meramente técnica, a una búsqueda de distanciamiento...?

He utilizado en esta novela todas las herramientas que sé manejar y que me ha parecido conveniente manejar, como hace el buen artesano en el desempeño de su oficio. No admito limitación alguna. Me acojo a la libertad creativa total de la Edad Media, en los primeros tiempos de la literatura. Me acojo a la hervorosa libertad del libro que da carpetazo a la Edad Media y reinventa la novela, es decir "El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha". Creo que todo artista debe hacer lo que le viene en gana, sin respeto de ningún género ni normativa. Las reglas están para que las aplique quien las necesita, porque sin ellas se pierde... Lo que pasa es que renunciando a las reglas, a la seguridad que ellas ofrecen, se incurre en muy serios riesgos de fracaso. Porque en Literatura, como en todas las artes, sólo el talento vale, sólo el resultado cuenta.

¿Tiene algún referente literario que se pueda rastrear en la novela? ¿Se siente deudor de algún autor en particular?

Lo ideal sería que en toda novela pudiera detectarse la tradición literaria entera, desde el Libro de Gilgamesh hasta nuestros días, como en un ser vivo son detectables todos sus antecedentes biológicos, desde la célula al organismo más complejo... En cuanto a las posibles deudas, no tengo ni idea. Uno nunca sabe a quién le debe qué. Algún crítico me ha señalado enormes influencias de autores que no he leído. Y no es que se equivoquen, ni mucho menos: es que esas influencias me llegan, seguramente, por mediación de otras lecturas. Todo escritor que haya leído a Faulkner será discípulo de Shakespeare, aunque no conozca una sola línea de Shakespeare. Toda la novelística alemana del siglo XIX, con Goethe en la base, está en Gunter Grass.

Si el cine ha condicionado la literatura, ¿cómo la condiciona el tipo de comunicación electrónica? En la novela utiliza todo tipo de recursos, desde iconos, tipografía y reflexiones metalingüísticas sobre el propio texto a partir de su escritura en ordenador...

El cine sólo condiciona (y fomenta) la mala literatura. La comunicación electrónica sólo condicionará (y fomentará) la mala literatura. La buena literatura utiliza todos los fenómenos a su conveniencia y para su ventaja, sin dejarse limitar por nada. Así, el cine y la comunicación electrónica pueden sernos muy beneficiosos a los escritores, al menos en un sentido: aumentan considerablemente nuestra capacidad de experiencia.

A través del cine y de la televisión hemos podido adquirir una noción del mundo que nuestros antepasados tenían negada. Hoy conocemos lo que no conocemos, gracias a las extensiones de nuestros sentidos que ha traído la ciencia. Vemos sitios en los que jamás pondremos los ojos físicos. Oímos músicas que jamás suenan en nuestro derredor. Sabemos que existen animales portentosos, tifones inimaginables, bosques imposibles en nuestras latitudes... Gracias a la comunicación electrónica ampliamos de un modo formidable nuestro contacto con el género humano. Todo ello es experiencia, y la experiencia es buena, siempre, para el escritor. Lo que no me parece admisible, en cambio, es que un escritor nos cuente películas, o que en él se imponga a la experiencia vivida la experiencia que ha recibido del cine. Por poner un ejemplo ridículo: hoy en día, algunas novelas españolas reflejan modos de hablar, de pensar, de comportarse, muy propios de la sociedad norteamericana y de su cine policiaco, pero que en modo alguno ha vivido el escritor. Eso me parece estúpido e innecesario.


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