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Por Iñaki Arzoz y Andoni Alonso

Son licenciados en Bellas Artes y doctor en Filosofìa, respectivamente, por la Universidad del País Vasco.

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El caso Unabomber
Los viejos luditas nunca mueren

"O luchas, o callas. Ya no es tiempo de quejas". John Zerzan


En nuestra imparable globalización tecnológica, no es oro todo lo que reluce, o así, al menos, lo piensan algunos. Frente a los discursos triunfantes de Gates o Negroponte, se oyen numerosas voces críticas, cada vez más acerbas, ante el avance imparable de una despiadada economía globalizada -según Manuel Castells, más peligrosa en ocasiones que una bomba de neutrones- y de una técnica deshumanizada que arrasa tanto el medio ambiente como las distintas culturas vernáculas.

El viejo rey Ludd está de enhorabuena, viendo cómo sus seguidores no sólo no han desaparecido, sino que se han reproducido e intentan revolucionar este estado de dominación tecnológica, a menudo, por medio de la misma tecnología. Internet hierve de páginas neoluditas donde se incluyen archivos y libros electrónicos para los fieles súbditos a la causa rebelde del quimérico Ned Ludd. En las filas de estos nuevos luditas podemos contar a los famosos Hakim Bey o John Zerzan y, por supuesto, a Theodore Kaczynski, más conocido como Unabomber, cuyo apodo es ya un sinónimo del neoludismo del siglo XX.

Este es hoy el protagonista de nuestra sección, un antihéroe ludita, no tanto por sus ideas -legítimas en muchos aspectos- sino por sus métodos atroces y absurdos, que sin embargo lograron su objetivo: que sus críticas fueran escuchadas y conocidas popularmente.


Un intelectual brillante

Theodore Kaczynski (1941) Este exprofesor de matemáticas de la Universidad de Berkeley ha pasado a la historia como uno de los casos intelectuales más singulares del siglo (la revista People le concedió en 1996 el premio a una de las personalidades más extrañas del momento). Un intelectual brillante, según las declaraciones de sus compañeros y profesores, pero de carácter asocial, con un gran talento por las matemáticas, abandona su prometedora carrera universitaria en 1969 sin dar explicaciones, para dedicarse a trabajos semi-especializados, hasta que finalmente se retira a los bosques de Montana, a vivir como un ermitaño en una cabaña.


Kaczynski confesó posteriormente que desde 1979 no había cobrado ningún tipo de salario, esto es, que vivió 17 años sin sueldo, completamente autosuficiente, como Thoreau -el modelo de los luditas norteamericanos- en la cabaña Walden.


Al mismo tiempo, desde 1978, y ésta es la parte más notoria de su "carrera pública", envía por correo una serie de bombas artesanales -en total 23-, a diferentes personalidades de la universidad (de ahí el apodo: Una-bomber) y de empresas informáticas (entre ellos Bill Gates), cuyo resultado fue 22 heridos y mutilados y 2 muertos. La razón que arguye para su campaña terrorista es un tópico del neoludismo: el desarrollo tecnoeconómico amenaza con destruir al mundo.


Por lo tanto, según su razonamiento,todo aquel que colabore en el desarrollo de la tecnología es cómplice del previsible genocidio de la humanidad. 1995 fue el año Unabomber por excelencia, pues logró que el "Washington Post " publicara, tras prometer que si lo hacía ya no enviaría más bombas, su libelo titulado "Manifesto: Industrial Society and Its Future" (traducción española en "El manifiesto Unabomber", Colectivo Likiniaño, 1999).


Espacio mediático

Y entonces el FBI enloqueció, comenzando una campaña nacional con la distribución de supuestos retratos del terrorista, un rostro siniestro con bigote, oculto tras unas gafas negras y bajo una capucha. La búsqueda del enemigo público nº 1 se alargaba ya demasiado y además, el terrrorista les ganaba la mano en el espacio mediático. El contraataque de la policía interestatal no pudo ser más curioso: degradaron a Kaczynski de terrorista a asesino en serie, esperando con ello desacreditar su Manifiesto.



Y justamente la clave del caso, más que en los atentados, se halla en este Manifiesto. De estilo lacónico y severo, pero bien documentado y, según los expertos, continuador de la línea crítica contra la tecnología del sociólogo francés Jacques Elull (con ecos de Mumford y Winner), este
Manifiesto no pasó desapercibido entre la intelectualidad norteamericana. Pues manifestaba sin ambages la desesperación de una amplia minoría alternativa -desde ecologistas a izquierdistas marginales- que ven como el Progreso va a acabar con una forma de vida "natural" y va a imponer otra sometida al imperio de la tecnología.


Por ello, este texto -uno de los manifiestos definitorios de la naciente cibercultura junto a la Declaración de Perry Barlow y el Manifiesto de Dona Haraway sobre el cyborg- se empieza a utilizar como libro de texto en cursos universitarios (mientras el FBI lo busca infructuosamente en varios campus sospechosos) y se distribuye ampliamente, tanto en papel como en Internet, lo cual lo ha convertido en un pequeño best-seller de la contracultura.



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[ La búsqueda del enemigo público nº 1 se alargaba ya demasiado y además, el terrrorista les ganaba la mano en el espacio mediático.]