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Por Mikel
Amigot
 
Mikel Amigot es director de la Brujula.net y presidente de IMSSA (empresa especializada en medios on-line)
 
 
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¿Es este el Internet por el que luchamos?
A la Red le sigue faltando rentabilidad
 
Nos comentaba este viernes José Manuel Villar, secretario de comunicaciones en España, un cargo que podría equivaler al de Ministro de Telecomunicaciones e Internet, que el Gobierno proyecta apoyar financieramente a las empresas web que fomenten el español en la Red. En la fase actual se está redactando el texto legislativo que serviría para tal propósito. La iniciativa es loable si no fuera porque, a poco que nos descuidemos, no van a existir proyectos y empresas a los que apoyar, salvo que nos refiramos a operadoras de telecomunicaciones y grandes empresas.
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Es triste comprobar cómo en los últimos meses apenas han emergido iniciativas independientes de poderes empresariales y financieros que presenten unas mínimas bases de estabilidad. ¿Acaso falta creatividad e imaginación? No parece ser esa la razón si observamos cómo las firmas de diseño y programación (Teknoland, Icon Medialab, Web Media, GVP) están repletas de creativos, estrategas y programadores de altísimo nivel. Y no sólo eso: bancos y empresas de todo tipo buscan (en ocasiones, desesperadamente) profesionales cualificados que conozcan la Red y sean capaces de aportar sus conocimientos, ya sea como periodistas, diseñadores o programadores.

La remuneración de éstos ha salido ya de baremos africanos, y empieza a situarse en la franja alta de los sueldos de empresa. Así, cada vez es más frecuente encontrar ofertas de empleo en España que establecen sueldos anuales de diez y hasta doce millones de pesetas, entre 64.000 y 76.000 dólares. Esto es: el internauta con conocimientos, pasión por la Red e inquietud por aprender está empleado, a menos que resida en núcleos rurales alejados de empresas web.

Es, pues, la remuneración digna en firmas estables una de las causas que frenan aventuras empresariales, las cuales, inevitablemente, están envueltas en el riesgo y la incertidumbre propias de los negocios.

Ley del Capital

Y es que el día a día demuestra que las empresas de Internet son ahora un cúmulo de pérdidas, a la espera de que se disparen las audiencias y el ciberespacio sea rentable ("No conozco ninguna empresa en la Red que gane dinero, salvo Yahoo", decía hace poco el director de Olé, Pep Vallés). De no ser por los mercados financieros y las inversiones de las firmas de capital riesgo, una mayoría de las grandes estaría en quiebra o habría cerrado.

En este contexto, han irrumpido las operadoras de telecomunicaciones, los bancos, los grupos mediáticos y las compañías poderosas, que han comprendido tarde, aunque con absoluta determinación, que el futuro se llama Internet.

Estos grupos, sin problemas de capital, plantean inversiones a años vista. Actúan, en cierto modo, como las multinacionales de productos de gran consumo (Henkel, Procter & Gamble), que desembarcan en un país dispuestas a perder dinero diez o más años, sabedoras de que al final se quedarán con el mercado. Naturalmente, contratan, a golpe de talonario, aunque también con celestiales discursos filosóficos, a los mejores programadores, diseñadores e informadores, quienes se afanan en construir portales y sitios web de exquisita ejecución, si bien, en casi todos los casos, sin alma ni espíritu internauta.

El panorama que resulta es la antítesis a lo que soñaron, y sueñan, los creadores e impulsores de Internet. Sitios web respaldados por empresas multimillonarias o de capital riesgo, páginas personales o dedicadas a "hobbies", tiendecitas que aspiran a vender también por Internet, mucha pornografía y algunos románticos que todavía arrancan horas al sueño para no perder su verdadero empleo, de administrativo, funcionario o vendedor. ¿Es éste el Internet por el que hemos luchado?

Revolución literaria

Alguien podría pensar que el sistema y el capital han conspirado juntos hasta imponer su ley y arrasar a los débiles, los idealistas y los emprendedores sin recursos económicos. Pero seguramente no ha sido así. Las fuerzas del mercado son ciegas. El estallido de Internet encontró desprevenidos a los gigantes del capital y la empresa, pero en cuanto atisbaron su rentabilidad de futuro, confluyeron en una idea común: evitar que irrumpieran intrusos en el sistema. Alguno puede colarse, sí, pero no hasta el punto de lograr una involución absoluta de la estructura económica, política y cultural. En sólo unos pocos meses, observamos cómo los portales y grandes sitios web permanecen en manos de los mismos poderes de siempre.

Hasta el momento, la revolución ha sido más literaria que real. Se ha impedido una tarifa plana y un acceso universal; se ha frenado, hasta límites vergonzantes, la inversión en publicidad; no se ha favorecido lo más mínimo el comercio electrónico; se han impuesto, en definitiva, unas condiciones insalvables para no surgieran bancos y entidades financieras alternativas, medios de comunicación diferentes, iniciativas culturales o sociales no encuadradas en la oficialidad, nuevas ideas y diríase que han ganado, que las fuerzas ciegas del mercado han vuelto a imponer su conveniencia.

Esta batalla, sorda e imperceptible, no está del todo resuelta. Los vaivenes de las tarifas telefónicas altas, la obsesión por el Nasdaq, las ventas multimillonarias, los portales y ahora el acceso gratuito, han sido, a lo largo de los últimos diez meses, permanentes jarros de agua fría, y aunque algunos entonan ya cantos de victoria, pues sospechan que los débiles no pasarán el Rubicón del verano, cabe esperar sorpresas. Hemos escrito con frecuencia que la Red es impredecible en sus movimientos, y a esta falta de lógica nos confiamos ahora más que nunca.

.¿En qué manos está la Red?

 

"No conozco

en la Red

ninguna

empresa que

gane dinero

excepto Yahoo"

(Pep Vallés)

 

.El capital "manda".

 

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