Por Alejandro Agostinelli

A. A es periodista especializado en ciencia popular, ovnis, fenómenos paranormales, nuevos cultos y cultura digital, fue Secretario de Redacción de la revista de divulgación científica 'Descubrir' y asesor editorial de 'El Ojo Escéptico'. Actualmente planifica 'Dios!',
un web site dedicado a creencias comporáneas.

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Pocos se atreven a poner el palo en la rueda de la utopía: el ciberespacio no sólo es el reino de la nueva economía. Se viven horas de ilusión. Muchos creen estar construyendo un Disneyworld high-tech donde las fantasías, incluso las descabelladas, pueden contener un nano-chip de verdad.

Con todo, la cibercultura está produciendo ideas con las mejores intenciones pero que, bien miradas, están más cerca de la religión que de la ciencia.
Ray Kurzweil, uno de los mayores expertos en inteligencia artificial, también muestra la hilacha. Nadie duda que es un genio. Pero en su último libro, 'La era de las máquinas espirituales'(Planeta, 1999), promete que la cibernética acabará, incluso, con la mortalidad. Hacia el año 2020, anuncia, una computadora de 1.000 dólares tendrá la misma capacidad de cálculo de un cerebro humano.

También prevé que, hacia fines del siglo XXI, nadie notará la diferencia entre un hombre y una computadora. Dice, por ejemplo, que la fuente de la eterna juventud será un asunto menor.

Todo se resolverá cuando se elimine el problema del yo físico: "Cuando demos el gran paso de replicarnos en tecnología computacional, nuestra identidad se basará en nuestro archivo mental en evolución. Seremos sofware, no hardware". La supervivencia del hombre, entonces, dependerá del cuidado con que guardemos un back up de nuestra memoria.

Que no será un disco rígido externo ni un removible: la máquina estará integrada al cuerpo. Es decir: 'reencarnaremos'. Pero en la próxima vida no seremos reyes ni potentados: seremos un estúpido disquet Basf. Ahora bien: cuando las profecías de Kurzweil se crucen con las de los biotecnólogos del Proyecto Genoma, ¿cuál será el eslabón perdido que buscarán los arqueólogos del futuro? ¿La oveja Dolly o nuestra Pentium?

Más allá de las fronteras de la percepción

"¿Qué pasa? ¿Quién sos? ¿Qué querés?". Eso se preguntarán millones de internautas el día que no sepan cómo enfrentar a esa Cosa que se apoderó de sus computadoras. Aparecerá en todas las pantallas, todos la verán a la vez. Y nadie sabrá explicar cómo llegó hasta allí.

Tal vez porque nadie -nadie del mundo de los vivos- hizo nada para que eso sucediera. Algo así habrá sospechado Erik Davis cuando hace poco dijo: "Creo que, tarde o temprano, en la red se manifestará un acontecimiento imprevisto, un fenómeno que nadie será capaz de explicar". En otras palabras: sin que medie intención humana, cree Davis, en nuestras pantallas irrumpirá algo o alguien -un dios virtual, una larva astral hambrienta de bits, un Max Headroom con la cara digitalizada de Mauro Viale, o vaya uno a saber...- que dejará con la boca abierta a todo el mundo.

Mientras el vaticinio de Davis no se cumple, su conjetura plantea una pregunta: ¿cuántas cosas cambiaron desde que la web existe? Mejor dicho, ¿cuánto aportó internet para profundizar en la búsqueda de los fenómenos extraños que, según se cuenta, pululan en el mundo real? Los descubrimientos no son tan sensacionales como le gustarían a Davis, a De Kerckhove y -acaso- a Kurzweil: Internet, por ahora, ha servido para "ampliar las redes de percepción".

Es bueno recordar que el internauta no sólo interactúa en el ciberespacio: también inventa mundos virtuales, incorpora su talento perceptivo para enriquecer mundos ajenos y ensancha los canales de la percepción: añade al ojo y a la mente otras miradas e ideas que cooperan fluidamente en objetivos comunes.

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[ Todo se resolverá cuando se elimine el problema del yo físico: "Cuando demos el gran paso de replicarnos en tecnología computacional, nuestra identidad se basará en nuestro archivo mental en evolución. Seremos sofware, no hardware". ]