Por Ainara Martín

A. Martín es licenciada en Bellas Artes y realiza su tesis doctoral "El cuerpo tecnológico. Tras el género y las nuevas identidades virtuales".

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También resulta familiar la intimidad y la capacidad de disfraz del propio material pornográfico: pequeñas imágenes estereoscópicas que hay que mirar a través de gafas especiales, revistas del tipo que se suelen esconder debajo de la cama o forradas con sencillo papel de embalaje, películas con imágenes latentes, y ahora CD o sofware por correo electrónico cuyo contenido puede ser invisible a menos que se sepa cómo acceder a él.


Empresas de pornografía

Analizando la hegemonía de nuestras "nenitas cachondas", otra similitud evidente acude a la mente: quienes detectan el poder real sobre el material, no son los que analizan las revistas para acariciarse, la tecla de pausa del vídeo o los mandos del ordenador, sino los que manejan los medios de producción y distribución. Nombres de grandes empresas de la pornografía como Penthouse se han introducido muy rápidamente en los nuevos formatos, y sin duda, continuarán controlando el estrecho margen de la producción erótica de masas. De hecho, las empresas están especialmente interesadas en mantener el control dadas las nuevas formas existentes de interacción más libres y la diseminación del material en tableros de anuncios electrónicos: recientemente Playboy Enterprises Inc. ganó un pleito de 550.000 $ contra Event Horizons por distribuir imágenes digitalizadas que habían aparecido originalmente en Playboy.


Prohibición para menores

Además, la tecnología proporciona la variedad necesaria para mantener a los jugadores enganchados; repetición sin aburrimiento, pero las fronteras del juego, continúan invariables. La tecnología consigue un público cautivo, que seducido por el poder de reintegrar el sujeto distanciado de la interacción, queda enganchado también por el cebo de la tecnología en sí.

En torno a esta no poco curiosa problemática ambiguedad que ha perseguido al arte a lo largo de la historia, desde las pretenciosas imágenes subreealistas hasta las geniales y eternamente sensuales foto-esculturas de Robert Mapplethorpe, y que me perdonen la infinidad de artistas que me dejo entre uno y otro, antes y después, la problemática y censuradora frase " arte o pornografía" ha perseguido en descarnada cacería la sombra del panorama artístico.

Ahora, tenemos la posiblididad de ver genialísimas y divertidísimas obras en la red, con apariencia de pornopágina con aviso de prohibición para menores de 18 y con imágenes que pueden herir la sensibilidad del usuario (de algunos). Es en cambio, a los pocos minutos de visitar estas páginas cuando podemos detectar un discurso bien distinto que nos invita a reflexionar sobre la abundancia de sitios pornográficos en red.



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[ La tecnología proporciona la variedad necesaria para mantener a los jugadores enganchados.]