Por Miguel Angel Sabadell

M.A.Sabadell es director de Ciencia de Recol

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La peste negra
la llegada de un mortal pasajero
14-05-01

Octubre de 1347. Doce galeras genovesas arribaban al puerto de Messina, en Sicilia. De allí desembarcaron no sólo los marinos y las mercancías que transportaban, sino un invisible y terrorífico viajero. Tan terrible, que de haberlo sabido, las autoridades del puerto no hubieran dudado ni un solo instante en mandar los doce barcos y sus respectivas tripulaciones al fondo del mar. De esos barcos, de los que no se sabe muy bien de dónde venían, descendió la peste.

No es posible saber si este fantasmal y mortal pasajero bajó con las ratas y las pulgas, o los desdichados marineros ya la sufrían. Lo único cierto es que en pocos días la plaga se asentó con raíces firmes en la desdichada ciudad. Su destino estaba sellado.

Los ciudadanos de Messina no pudieron hacer otra cosa que obligar a los aciagos marineros a subir a sus barcos y zarpar de puerto rápidamente. Los ilusos sicilianos creyeron que así se librarían del mal. Craso error. Lo único que consiguieron fue que la peste, la muerte negra, se esparciera por todo el Mediterráneo.

El pánico

Con cientos de víctimas cada día y con la creencia que el más mínimo contacto con un enfermo provocaba el contagio, el pánico cundió por toda la ciudad. Los pocos mandatarios que hubieran podido poner a punto algún tipo de medidas para, cuando menos, mitigar el peligro, estuvieron entre los primeros que murieron. La gente de Messina huyó de su ciudad condenada hacia el interior, hacia los campos y viñedos del sur de Sicilia. En su desesperación creían que en el aislamiento se salvarían, pero lo que hicieron fue extender la muerte por toda la isla.

Cuando las primeras víctimas llegaron a la cercana ciudad de Catania, fueron internadas en hospitales y tratadas con un mimo exquisito. Pero cuando se dieron cuenta de la magnitud del desastre se promulgaron unas leyes de inmigración estrictísimas. El temor era tal, que ningún Catano se atrevía ni tan siquiera a hablar con un Mesino. Pero ya era tarde. La muerte ya se había instalada apaciblemente en sus hogares. La peste se preparaba para saltar al continente. Y nadie estaba a salvo.

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[ Con cientos de víctimas cada día y con la creencia que el más mínimo contacto con un enfermo provocaba el contagio, el pánico cundió por toda la ciudad.]