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Por Julián
Díaz
J. Díaz es redactor jefe de BITNIKS y periodista free-lance.

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El Show de Truman
Manías y monstruos mediáticos

Peter Weir. EEUU. Paramount Pictures.1998

Uno de los mandamientos de Hitchcock era aquel de "no ruedes películas con niños, con animales ni con Charles Laughton". Cada cual tiene sus manías y yo no soporto a Jim Carrey. Es un cómico superdotado, el heredero indiscutible de Jerry Lewis, pero a este canadiense no hay "Cahiers de Cinema" que lo salve. De hecho, no es un actor de carne y hueso, sino un personaje de "La máscara". Que digan lo que quieran sus apologetas y los convertidos, pero no sabe hacer eso de recitar un texto con naturalidad y procurar no estropearlo que tan sabiamente ponía en práctica Robert Mitchum.

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Queda dicho, cada cual tiene sus manías y, además, a muchísima gente le encanta Carrey. Lo que no le perdono es que se permita decir que en "El show de Truman" lo más difícil ha sido tener que contenerse. Empiezo a temer que seísmos superiores al grado 7 en la escala Richter son producto de un día de mediana actividad de este individuo tan bien pagado.

He de decir que la última película del australiano Peter Weir me ha parecido un muermo correcto y decepcionante y he de confesar que la vi en una última sesión, que tenía mucho sueño y que mi mayor preocupación era, por respeto al resto de espectadores, no roncar entre cabezaditas intermitentes.

Absurdo

Las historias "absurdas", si no tienen mala leche tipo Buñuel, cansan. El relato de la vida de un hombre que ha sido criado única y exclusivamente para protagonizar sin saberlo un sádico e imbécil reality-show televisivo me causa la impresión de que, tal como está planteado, no da para mucho metraje. De hecho, me han comentado que hay un corto español excelente con una premisa parecida (me gustaría que alguien me indicara el título y el nombre del director).

Opino que la película no evoluciona y que Carrey-Truman es la misma víctima gilipollas, entre mosqueado y patético, al principio y al final de la misma. ¿Le importa realmente a alguien en la sala que se salve de ese mundo apastelado de Seahaven que, de acuerdo, es como el nuestro, regido por la publicidad, la audiencia y un Ed Harris, parece que con su consentimiento, convertido en el demiurgo mediático Christof?

Aparentemente sólo a la novieta y activista Sylvia-Natasha McElhone, poco lucida esta vez, y a los televidentes cinematográficos, una colección de personajes que en verdad se merece un héroe como Truman. A mí no.

Y es porque no consigue electrizar en ningún momento, aunque reconozco algunos instantes perversos, como cuando Harris hace de Cyrano para Marlon, bien encarnado en Noah Emmerich, el amigo de siempre de Truman, quien, acompañado de la intensa música de Philip Glass, intenta convencerle de que nada en mentira para acabar reatontándolo con la vuelta del padre. De hecho las únicas cosquillas maliciosas me las han proporcionado las apariciones de este amiguete continuamente servido de cervezas frías para compartir cada vez que el avispado Truman Burbank por fin se huele algo, puritito vitriolo sobre la idea bucólica de la amistad.

Los decorados y el aspecto de irrealidad también están más que conseguidos, con un corolario tan sencillo y magnífico como la embestida final del barco contra el horizonte pintado, pero tal vez esa estética de mundo de Oz dificulta aún más tomarse la historia en serio.


Metáfora

No hay historia como tal, sino concepto, en la acepción en que conocemos el término desde "Airbag". En "Gallipoli", "Unico testigo", "El año que vivimos peligrosamente", la "Costa de los mosquitos" y "El club de los poetas muertos" Weir contaba con estilo particular historias de seres de carne y hueso, bien que con cada vez una más palpable intención trascendente. Ya sabemos que la primeriza"The last wave", era mítica, pero su tratamiento resultaba sorprendente por partir de un punto de vista realista. Por su parte, la también australiana "Picnic en Hanging Rock" era misteriosa, pero nunca pedante.

En "Fearless" empezaba a tender al misticismo mareante (aunque guste la escena de Jeff Bridges conduciendo a ritmo de los Gipsy Kings) y aquí se calca una metáfora de lo obvio a partir de un guión de Andrew Niccol, el meritorio autor de esa joyita casi de serie B que fue Gattaca, que nos retrotrae a aquellos tiempos en que decía Lluis Llach, en comunión con el público, sobre el "sistema": "ellos saben que nosotros sabemos que ellos saben; lo que no saben es que lo sabemos...". Los que no le seguimos mucho, a Lluis Llach le recordaremos agradecidos por el "Viaje a Itaca" y porque ha luchado contra los malos, pero, joder, no hace falta acudir al oráculo de Delfos para saber que en España hoy gobierna el PP.

En fin, lo reconozco, me emocionó "Secretos del corazón", me divertí como un enano con "Babe, el cerdito valiente" y Laughton nos legó "La noche del cazador". Por una vez, voy a intentar ser justo y me he obligado (día 7-11-98, sesión de las 22.30 horas en el Social Antzokia de Basauri) a ir al cine para ver nuevamente "El show de Truman", pero perfectamente despejado en esta ocasión. Cualquier corrección o matización a lo expuesto quedará escrito tras estos puntos suspensivos... Odio a Jim Carrey.

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Más información:

Jim Carrey

Peter Weir

.El avispado Truman Burbank

 

"Pese a lo

que digan los

convertidos,

Jim Carrey no

sabe recitar un

texto con

naturalidad y

procurar no

estropearlo"

 

 

 

. Harris es grande, pero no Dios.

 

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