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Por Julián
Díaz
J. Díaz es redactor jefe de BITNIKS y periodista free-lance.

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Godzilla
Retorno a la infancia

Cuando uno va al cine no sabe lo que puede pasar. Le pueden meter mano sin permiso previo, entrar en el séptimo cielo transportado por una gran película o quedarse a media proyección por culpa de un apagón. Esto es cierto hasta el punto increíble de que también Godzilla puede sorprenderte.

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Alguien tan reputadamente inteligente como Umberto Eco, y poco dado a la frivolidad por añadidura, explicaba en términos bastante inteligibles que el signo cinematográfico no era asimilable al lingüístico, lo cual esclarecía ese misterio de por qué a tu pareja la película se le antoja impresentable y a ti te parece potable. La clave está, claro, en la pareja, o, por extensión, en ese cúmulo de circunstancias que reúne el meterse en una sala cinematográfica.

Y es que Godzilla es una parida impresentable del gamberro y antiguo cineasta alemán Roland Emmerich, que deleitó a algún resabiado con aquella pasada de "Independence Day" en la que hasta el presidente de la nación más buena y más mejor del mundo pilotaba un caza contra los alienígenas. El disfraz de una superproducción no ocultaba la astracanada ácida que la película llevaba de octavo pasajero.

Sopor

El problema es que Godzilla es soporífera, las crías ya las hemos visto en la ya de por sí clorofórmica "Parque Jurásico" y sus andanzas por Nueva York son una lata menos emocionante que una partida de tragaperras a veinte duros. Luego, el reflejo de la noble inutilidad americana, la supuesta eficiencia francesa, la moralina anti-Mururoa, el mínimo Broderick, su inexistente ex-novia, el tontorrón Reno y el tono ese de putamadreo americano son sencillamente olvidables. ¿Y dónde está la grandeza de una película que en tiempos de Viagra defiende que el tamaño sí importa?

Pues en acudir a la primera sesión de la tarde de un festivo y verla rodeada de críos que se asustan con las fechorías del lagarto mutado, gritan, jalean, ríen con los chistes obvios y, en fin, te devuelven muy rejuvenecido al cine parroquial de hace, ejem, unos añitos. Entonces entras en la máquina del tiempo y recuerdas, como si la famosa magdalena proustiana zamparas, y te das cuenta de que el cine es más que nada magia y que Umberto Eco, como siempre, tenía razón, qué joder.

.Lagarto nuclear

 

"El tono ese

de putamadreo

americano es

sencillamente

olvidable"

 

. Imagen actual del monstruo japonés

 

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