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Por Juan Carlos Salaverri
 
J.C. Salaverri es periodista especializado en cine y literatura.

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"Acordes y desacuerdos"
(Supuesta biografía de un guitarrista de jazz)
(6-4-00)
 
Y al Renacimiento le sucedió el Barroco, al equilibrio emocional la necesidad de vivir apasionadamente; tanta vitalidad y creatividad, en un ¿inconsciente? deseo de recobrar dicho equilibrio, desembocará en una crisis aún mayor. No en vano decía Hobbes que la vida no es otra cosa que movimiento (o, en traducción libre, ruptura con el pasado).
 
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Estas palabras, que tal vez podrían pasar por una lección de Historia que ninguno necesitamos, se refieren más bien al protagonista de la última obra de Woody Allen y a sus avatares biográficos. Superada ya hace tiempo aquella fase en la que Allen parecía tener sólo tres preguntas que hacerse (si el sexo es bueno, si hay vida después de la vida y si Dios es judío), últimamente se interroga sobre si el trabajo da la felicidad, y es en esta línea donde también se enmarca "Acordes y desacuerdos".

La película nos muestra, a través de diversos narradores, la supuesta biografía de un guitarrista de jazz (de hecho, "el segundo mejor guitarrista de jazz del mundo") de una egolatría desaforada, insuperable. Pero tal egolatría llega a enternecer, y a resultar cómica en su patetismo, porque adivinamos en ella la coraza ante el miedo a sufrir: mejor no querer a nadie, y así no nos hará daño que no nos quieran; mejor no unirnos a nadie, y así no será tan temible que puedan decirnos adiós. Mejor refugiarse en la música, porque cuando eres "el segundo mejor guitarrista del mundo" la música hará lo que tú le mandes, se comportará como una buena chica y no te exigirá nada a cambio.

De manera que ahí los tenemos: el músico (magistral Sean Penn) que, tras innumerables correrías sentimentales, sienta un poco la cabeza con una joven muda (magistral Samantha Morton) a quien abandona para más tarde unirse a una extravagante e intelectualoide niña-bien (magistral Uma Thurman), desea regresar al pasado y, al encontrarse las puertas cerradas, rompe consigo mismo. Ya se sabe: si del Renacimiento fuimos al Barroco la marcha atrás es imposible; por eso desembocamos en el "Siglo de las Luces", en el Racionalismo.

Afición favorita

Allen (permítanme: magistral), como tantas otras veces, nos presenta su historia "in media res": adivinaremos el pasado de los protagonistas a través del descubrimiento de sus obsesiones. Así, la admiración de Sean Penn por los trenes nos habla de su inconsciente necesidad de quietud, mientras que su afición favorita -disparar a las ratas en los vertederos- es la imagen psicoanalítica del miedo febril a nuestro propio yo, ese yo al que no podemos engañar y a quien hemos de intentar matar para que nos deje ser otro. No se trata, pues, de un cínico, sino de un caso patológico de inseguridad encubierta, tema ya tratado en otras obras del autor.

"Acordes y desacordes" es una tragedia que sólo la genialidad de Woody Allen puede permitirnos disfrutar con una perenne sonrisa en los labios: es la vida vista como un cuento lleno de ruido y furia, esta vez interpretado a la guitarra por un idiota.

Una chica muda y un genial guitarrista: buscándose en la música, en el sonido, sin adivinar que era en el silencio donde habitaba su felicidad.

La unión de los opuestos

La armonía, ya se sabe, reside en la unión de los opuestos: él, criado en un burdel (de ahí las ratas y el vertedero), llegó a pensar que su "opuesto" era Uma Thurman, que había crecido con mayordomo. En realidad, sin embargo, no eran tan opuestos: ambos se pasaban el día haciendo ruido, el uno con su guitarra y la otra con su cháchara.

Por eso no es casual que semejante pareja durase bien poco, no pudiese funcionar: ser libre -parece querer decirnos Allen, película tras película- no consiste en no tener amo, sino en ser dueño de tí mismo.

Y no es tampoco casual -nada lo es en este magnífico guión- que la delicada mudita que había conseguido enseñarle a no ser egoísta se dedicase a lavar ropa, a devolverla su pureza y su hermosura: a extraer belleza de la inmundicia.

Y por fin, cuando el protagonista vuelva la mirada al pasado y recuerde los buenos y viejos tiempos en los que fue capaz de pensar en alguien más que en sí mismo, esto le servirá únicamente para comprender que a la felicidad hay que tomarla por el brazo cuando pasa por tu lado, o cuando menos hacerla ver que andabas buscándola. Por eso la guitarra, metáfora de su propio yo, acabará también hecha pedazos.

Ni siquiera sus biógrafos llegaron a saber que había sido de él: el segundo mejor guitarrista del mundo había enmudecido...

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. Sean Penn

 

 

"Sólo la genialidad

de Woody Allen

puede permitirnos

disfrutar con una

perenne sonrisa "

 

 

 

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