Por Chucky García

Chucky García es editor de Arte y entretenimiento de la Comunidad virtual
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Página II

Del pastelazo en la cara y otros demonios

La escena cinematográfica de Colombia, por ejemplo, y para hablar de lo que por herencia maldita nos corresponde, actualmente es terreno de una supuesta "bonanza fílmica" que pretensiosamente busca cambiar la historia tres décadas de intentos fallidos. Contrariamente, el único esfuerzo que está surtiendo efecto es el de ahuyentar a los espectadores que, alienados por el conformismo y alentados por un deber patriota tan palpable como el del fútbol, hacen de la tortura un deber de la pasión.

Cada temporada de cine nacional parece superar a la anterior en lo mediocre, lo superficial y lo retrógrada, como en una evolución que va del PlayStation 2 al Atari 2600. Sólo un par de películas nacionales, en los últimos cinco años, han superado esta crisis de coherencia (La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, y La gente de la universal, de Felipe Aljure), filmes a los que se les debe ubicar al margen del suceso como una forma de reconocer su valor.


Los más recientes estrenos, "Es mejor ser rico que pobre" (diciembre de 1999) y "Soplo de vida" (abril de 2000), entre otras, han sido una clara muestra de la incompetencia del cine hecho en el país, y con su incapacidad han entrado a respaldar esa hegemonía de argumentos populistas, personajes costumbristas y estructuras telenovelescas que tan sólo han gestado una empalagosa caricaturización más de la sociedad colombiana, inútil en medio de una realidad que por naturaleza propia está caricaturizada hasta el hastío.

El drama humano de la violencia que vive el país, por ejemplo, aparte de carecer de una dimensión real y una lectura sobria, ha sido utilizado para recrear conflictos ficticios donde los grupos armados del país, insurgentes y militares, aparecen arrojándose pasteles en la cara.

Living la vida loca

Y si bien esta prospección sobre la empresa cinematográfica colombiana nunca será suficiente para evaluar en términos justos una región tan grande -y dispersa- como la hispanoamericana, permite -dentro de una lógica descabellada, pero lógica- que otros lectores entiendan cuál es la Sensación más cercana que se tiene frente a las posibilidades de hacer cine en nuestro continente. No es comparable, de ningún modo, con el tipo de Sensación que ha dejado el cine Argentina y hasta el mexicana en nuestro propio entorno, pero nos lleva a entender a esa masa creciente de adeptos del fundamentalismo cinematográfico norteamericano (el cine como una extensión de la industria del entretenimiento, sin pretensiones artísticas e intelectuales).

Juntando esta impresión anterior con la un cine latinoamericano de avances esporádicos y la del cine ibérico se pondrían deja servidas sobre la mesa del tema dos preguntas fundamentales -no confundir con dos verdades absolutas: ¿Es lógico hablar de avances cinematográficos dentro de un todo desequilibrado y sin un nivel de competencia, donde el liderazgo está dado por la desventaja generalizada? ¿Cuál es el objetivo final: dotar a la región hispanoparlante de una autosuficiencia fílmica desde la cual se pueda hablar de autonomía, o convertirla en un paraestado hollywoodense donde, contradictoriamente, se sigue reconociendo a la monarquía (Oscares) como forma ideal de gobierno?


En el primero de estos interrogantes no se pretende convocar a las nuevas generaciones de cineastas y espectadores para que regresen al ghetto y a los circuitos de culto. En el segundo, por su parte, no se está solicitando la sublevación de los mismos frente a los pilares comerciales del séptimo arte. De lo que sí se trata es de postular que, si nuestra gran necesidad sigue siendo el ser reconocidos por esa región superior (Hollywood) que está "por encima del bien y del mal" y a la que tanto respeto se le ha otorgado desde el siglo XX, el debate puede tener un término más inmediato que un cruce de textos entre cinéfilos de la península ibérica y Sudamérica:

Simplemente es emular una invención arrogante, "lógica, pretensiosa y egocéntrica" como la de los Grammys Latinos, con la que la gran parte de la industria hispanoparlante de la música dio por terminado décadas y décadas de lucha por la construcción de una identidad, y con la que pretende hacernos creer que habrá futuro.
 


[ Cada temporada de cine nacional parece superar a la anterior en lo mediocre, lo superficial y lo retrógrada. ]