Por Chucky García

Chucky García es editor de Arte y entretenimiento de la Comunidad virtual
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'La Virgen de los Sicarios'
Una película contra la amnesia
30-11-00

Antes de estrenarse en Colombia, y tras una gira de salas llenas por Europa, la versión cinematográfica de La Virgen de lo Sicarios ya era un dolor de cabeza. Periodistas locales declararon que no representaba la realidad nacional y que no podía ser tomada como el comportamiento total de un país de más de cuarenta millones de colombianos, y pidieron a gritos veto y censura argumentando que toda la violencia implícita era gratuita.

Pero la pluma de Fernando Vallejo -encargado de la adaptación del filme que dirige Barbet Schröeder- no distorsiona la realidad sino que la amplía (también para molestia de mucha gente de Medellín), como si se tratara de una pop up window en una web de iconografía visceral, una con más de 50 años de historia que normalmente se ha escrito en textos planos. Que no linkan.

Es cierto que no somos inmunes a impresionarnos y a calificar como masivas prácticas individuales, y que no sobra la advertencia ante un público extranjero de que somos cuarenta millones de colombianos oponiéndonos a la violencia de unos cuantos. Pero también lo es, en estos tiempos en los que el compromiso con la verdad es casi que un ejercicio personal, que el dossier de la realidad colombiana no siempre abunda en noticias alentadoras

Y no puede la expresión cinematográfica, literaria o periodística, ceñirse a la mentalidad olvidadiza y ausentista de un país que se sacude cuando le hablan de sus miedos, de su impotencia y de su tristeza, y que a veces encuentra en la denuncia pública una forma de desahogarse.

Via crucis de un éxodo

La mentalidad olividadiza del país es tal, que ahora se discute más sobre si el mundo se entera de que aquí existe violencia -como si no lo supiera- que sobre la película.

Una crítica válida es que la creación de imágenes cinematográficas al interior del filme rompe con la fantasía y la visualización individual de los lectores de la novela escrita, y como el factor tiempo también está en juego (incluso en su contra) termina por llenar de tiroteos la pantalla y no da paso para que otros dramas salgan a flote.

El amor de Vallejo hacia ese otro yo que no duda en castigar moralmente los empalagosos gustos musicales de sus conciudadanos no cuenta con el mismo protagonismo que en libro, de igual modo que el conflicto generacional de los niños protegidos y adiestrados por el cartel de Medellín en una época en la que el narcoterrorismo reinaba como cultura popular. La violencia termina siendo no gratuita sino obvia.

Sin embargo, a pesar de lo dispersa, la película esboza a Fernando Vallejo y al escozor constante que marca su diatriba anti-criolla. A la parodia del ciudadano anárquico que se enamora del odio como una forma de supervivencia y de marcar su territorio.

En ese mismo territorio, como juez, víctima y protagonista del conflicto -así sea desde su entrecomillada ficción-, vemos la representación de aquellos argumentos que el escritor esgrime para tratar de entender el éxodo colombiano. Personas que como él huyen del pasado, del presente y del futuro, o simplemente de los acordes de la música popular y las ciudades sin silencio.


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[ Es cierto que no somos inmunes a impresionarnos y a calificar como masivas prácticas individuales, y que no sobra la advertencia ante un público extranjero de que somos cuarenta millones de colombianos oponiéndonosa la violencia de unos cuantos. ]