Por Chucky García

Chucky García es editor de Arte y entretenimiento de la Comunidad virtual
Calle22.com


¿Quieres mandarle un
e-mail
Página II

Cansados de perseguir pequeños traficantes y de abalear negros que roban carteras en las calles de Los Angeles, los Charles Bronson, los Steven Seagal o los Mel Gibson no dudarán en tomar el avión hacia la tierra de García Márquez para verse las caras con peces más grandes, como un Manuel Marulanda, un Carlos Castaño o alguna reencarnación de Escobar (iconos de la violencia colombiana); robando de paso el corazón de alguna femme fatale del lugar (las Jennifer López que nunca faltan) y regresando a Norteamérica, justo a tiempo, para departir con los fans y tomar un café en el Planet Hollywood.

Colombia negra, Colombia de ficción

La situación es inevitable y lo será cada vez más con la llegada de nuevos personajes y planes "pacifistas" al conflicto real, cuyas mesas de diálogo, por ejemplo, podrían funcionar como un taller de guiones cinematográficos para géneros tan diversos como la comedia negra y la ciencia ficción.

La filmografía del cine colombiano al respecto, de hecho -y como si se tratara de productos salidos de aquella comedia circense donde se negocia la vida de la gente de una forma similar a la de una pelea entre gallinas y zorros- ha sido una insulsa muestra de caricaturas y aproximaciones erráticas, sin mayores argumentos que el sensacionalismo, el humor del pastelazo en la cara y la documentación histórica de tercera mano.

De 'Golpe de estadio' (Sergio Cabrera, 1998) a 'La toma de la embajada' (Ciro Durán, 2000), la sensación que flota en el ambiente de quienes no tragan entero es que el mal ejemplo ha comenzado por casa, y que así, al final de cuentas, será aún más difícil cuestionar los estereotipos que sobre el país desarrollen los espectadores internacionales.

La liberación de su secuestrado

Así, un narcotraficante de pésimo acento colombiano que huye tras la explosión de sus laboratorios y mansiones en la selva (Bedazzled), una mujer que busca la liberación de su secuestrado esposo luchando contra las guerrillas y acostándose con su abogado (Proof of life) o un combatiente del gobierno norteamericano cuya salida al conflicto, al parecer, es matar a todos sus protagonistas armados, podrán ser vistos con buenos ojos por aquellas multitudes que demandan un cambio de escenarios en el cine de acción de Hollywood, sin importar a qué costo.

Colombia (el país con uno de los éxodos humanos más dramáticos de la actualidad) lo tiene todo, en ese sentido, incluyendo las salas de cine para que sus ciudadanos se coman todas estas situaciones, cuyo común denominador es el no haber sido, ni siquiera, rodadas en la región.



[ La filmografía del cine colombiano ha sido una insulsa muestra de caricaturas y aproximaciones erráticas, sin mayores argumentos que el sensacionalismo, el humor del pastelazo en la cara y la documentación histórica de tercera mano.]