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Por Iñaki Arzoz y Andoni Alonso

Son licenciado en Bellas Artes y doctor en Filosofìa, respectivamente, por la Universidad del País Vasco.

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David Brin
o porqué todos debiéramos ser Polifemo contra Leviatán

Seguimos en nuestro empeño por conocer mejor Futurópolis, y si en la visita anterior nos guió un tecnófilo sospechosamente optimista, esta vez hemos procurado una compañía más provechosa. Buscábamos una crítica matizada y equilibrada entre el tecnoentusiasmo y el tecnocatastrofismo...pero al llegar al centro de Futurópolis hemos tenido la desagradable sensación de que alguien nos observaba. Luego hemos descubierto que la vigilancia electrónica está presente en todos los rincones de la ciudad. Todo y todos son controlados por vídeos, tarjetas electrónicas de identificación, dispositivos antropométricos, bases de datos personales en la red... ¡incluso hay microcámaras en los probadores y los servicios! Nos recorre un escalofrío al pensar que hemos caído en la distopía de 1984 o de El final de la violencia.

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Le hemos preguntado a David Brin, nuestro nuevo guía, científico (astrónomo) y reputado escritor de ciencia ficción ("El Cartero", llevada al cine reciéntemente por K. Kostner,Tierra, sobre el problema ecológico, o "El Efecto práctica", sobre una tecnología que mejora con el uso, etc). Y nos ha hablado de su ensayo "The Transparent society" (1998), para fundametar el cual ha discutido largamente con otros colegas -Sterling, Bear, Benford-, y no nos cabe duda que después de las cuatrocientas paginas de investigación, tiene muchas cosas interesantes que contarnos.

Sin embargo, sus primeras impresiones no son nada tranquilizadoras, cuando desgrana la lista infinita de medios de vigilancia disponibles -webcams, cámaras miniaturizadas, drones, ordenadores capaces de &laqno;leer» matrículas, tarjetas magnéticas...- y lo más sorprendente; todos son tan baratos que están al alcance de cualquiera. Ante nuestra consternación, se encoge de hombros, pues concluye que, sin lugar a dudas, dadas las tendencias actuales, nada va a detener esta creciente y masiva vigilancia, por lo que ya resulta absurdo exigir que se elimine. Esta tendencia al hipercontrol viene de muy lejos, y en nuestro país empezó con la numerología del DNI, el NIF y demás tarjetas oficiales o de crédito, así como por los circuitos cerrados de TV de cajeros automáticos y urbanizaciones privadas y las listas del censo o de correo publicitario. Internet -la última tecnogía en imcorporarse al sistema de control- tampoco tiene la culpa, pero sí posibilita que todos estos fragmentos de nuestro identidad recogidos de aquí y allá se archiven, difundan, y crucen con pasmosa velocidad. Aunque la intimidad es una conquista reciente -rescatada por la modernidad contra el eficaz "cotilleo" y el control de la religión-, casi todos estamos de acuerdo en que es una conquista irrenunciable.

Defensa

Y es hoy cuando más que nunca hemos de defender nuestra intimidad y el derecho a la privacidad, pues como justamente afirma Brin: &laqno;necesitamos el derecho a estar solos para refugiarnos de la tecnología».

Pero Brin, futurita consciente y reflexivo, esconde un as en la manga (¿un farol?), una sugerente alternativa: &laqno;vigilar a los guardianes». Que haya cámaras de vigilancia, sí, pero que todo el mundo pueda acceder a ellas. Por ejemplo, que podamos ver a través de una webcam qué pasa en el interior de las comisarías. Esto es perfectamente factible, técnica y económicamente. Al final, importa más quién esté detrás de la cámara, no tanto dónde esté situada, o mejor dicho, lo que importa es que haya demasiados pocos ojos detrás de ellas, cuando debiera haber muchos más. Sin embargo, nos tememos que no va a ser tan sencillo, aunque parezca tan razonable; los guardianes exigirán su &laqno;privacidad» para poder actuar mejor, y se seguirán esgrimiendo las &laqno;razones de estado» o de "protección al público» o de &laqno;estrategia empresarial» todavía por mucho tiempo.

Nos hallamos ante una encrucijada: o bien nos abandonamos en manos del todopoderoso Leviatán del Estado y las Multinacionales, bajo un contrato social con una traicionera letra pequeña, o bien todos nos convertimos en un Polifemo resistente que no aparta su único ojo-cámara del Monstruo de los mil ojos. Han habido ejemplos de contrainformación y formas de volver la tecnología de vigilancia contra ese Leviatán, como ocurrió en el caso de Rodney King. Sigamos por ahí e instauremos la webcam como la tecnología anti-Leviatán por excelencia, al tiempo que controlamos a los voraces &laqno;media», siempre al servicio del Leviatán y su aliados, cuya demagogia les lleva a decir: uno no tiene nada qué ocultar, ¿porqué la resistencia a ser vigilado?. Todos tenemos algo que ocultar, aunque sea lo estúpidos o risibles que podemos parecer en nuestra vida cotidiana.

La solución sería así la paradoja de alcanzar un verdadero "comunal" de la vigilancia, tal como Brin nos dice: &laqno;Las cámaras vienen. Se puede protestar contra ellas agitando el puño, llevados por una ira fútil ante las lentes acechantes. O uno se puede unir a un comité de seis millones de vecinos para controlar los malditos medios, y hacerlos así una extensión de los ojos». Ahora sabemos que Futurópolis tendrá cámaras y más cámaras y vigilantes y contravigilantes, lo cual puede llevarnos al disparate, pero sabemos también que contamos con la imaginación crítica de gentes como Brin (¡un escritor de CF que además de fantasear, se compromete, reflexiona y propone!) para intentar sobrevivir buscando una solución factible y razonable. Esta visita nos ha dejado algo inquietos pero, como al sufrido ciberlector, saludablemete pensativos... ¡Eh! ¿Quién está mirando?

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Más información:

Web de David Brin

Obra literaria

. Brin reflexiona sobre naturaleza y tecnología

 

"Es hoy más que

nunca cuando

tenemos que

defender nuestro

derecho a la

privacidad"

 

. En 1983 obtuvo el premio Nebula, Hugo y Locus.

 

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