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Por Iñaki Arzoz y Andoni Alonso

Son licenciado en Bellas Artes y doctor en Filosofìa, respectivamente, por la Universidad del País Vasco.

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Julio Verne
o la imaginación tecnológica

"Me siento el más desconocido de los hombres"

(Jules Verne)

Tras la última e inquietante visita a Futurópolis de la mano de David Brin, hemos querido abandonar nuestro errático vagabundeo para buscar la compañía de aquéllos que imaginaron la ciudad antes de que siquiera se proyectara, aquellos que nos pueden dar razón de las paradojas de estos nuevos y amaenazantes futuros.

Así, esta vez hemos venido a conocer de cerca a un personaje muy querido de todos los futuritas -aunque un tanto olvidado-, el que fuera uno de los padres fundadores de la Ciudad, y ahora ya un anciano barbudo y ensimismado en sus cavilaciones que parece vivir a gusto en Futurópolis, el paraíso que soñó y anheló hace mucho, mucho tiempo. Los ojos le brillan con una emoción casi infantil al describirnos la ciudad, su ciudad.

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Arrebatado por el entusiasmo, nos arrastra a una reunión con otros colegas, que forman una especie de "Consejo de Ancianos", pues quiere presentarnos a todos ellos y reivindicar todos sus méritos ante las jóvenes e ingratas generaciones de futuritas. Éste Consejo está formado por lo más granado de los autores clásicos de la Ciencia Ficción del XIX y principios del XX, cuyas ideas no están en absoluto pasadas de moda, sino que cada día cobran actualidad por su acierto anticipatorio. Ellos son los profetas de una época heroica y mítica, y nuestro protector, que justamente preside este informal Consejo, es ni más ni menos que el célebre Jules Verne.

Para describirlo en una sola frase; sólo una cosa iguala el portento de su voluminosa y amena obra: su visionaria y precisa imaginación. A lo largo de innumerables novelas fue capaz de advertir que el globo estaba destinado a desaparecer, que el hombre llegaría a la Luna desde Florida y que volvería amerizando en el Pacífico, que el automóvil de combustión interna iba a ser el medio de transporte por excelencia y que se podría viajar bajo el mar

Todo esto y mucho más aparece en obras inmortales como "20.000 leguas de viaje submarino", "Robur el Conquistador", "Los quinientos millones de la Begun" y así hasta completar la mágica cifra del centenar de apasionantes novelas. Pero la reunión del día de hoy tiene un carácter muy especial para él: celebrar el centenario de una de sus novelas, rescatada en 1995 por su nieto, y que fue rechazada por Hetzel, el editor de toda su obra: "París siglo XX" (1863).

Ciudad resplandeciente

Situada en 1960, en un París que recuerda los grandiosos proyectos de los bulevares de Hausmman, el arquitecto del nuevo París de Napoleón III, las avenidas resplandecen bajo el neón, los coches circulan por sus calles y el metro viaja bajo tierra y en la superficie, los canales unen el Sena con el mar y prodigiosos paquebotes se construyen en sus astilleros. Todo ocurre en una época donde el inglés es la lengua franca, los ascensores son cosa corriente y el teléfono sirve para enviar mensajes escritos.

Nos enseña un plano para su reforma, recordando así su labor como concejal en la ciudad de Amiens y su esfuerzo para hacerla una ciudad moderna. Pero, al mismo tiempo, nos manifiesta su vena rebelde y crítica contra la tecnología avasalladora como manifestó en varias de sus obras y especialmente en esta primeriza, donde curiosamente el protagonista es un poeta acabado en un mundo que idolatra la ciencia.

No es Verne un simple tecnofanático sino que, como nos recuerda el especialista español Miguel Salabert (Julio Verne, ese desconocido, Alianza), es un idealista, partidario de un progreso material a la manera de otro contemporáneo suyo, Saint Simon, para el cual la ciencia y la técnica han de servir para la mejora de la condición de todo el pueblo, en una suerte de socialismo utópico, evitando el materialismo y la inhumanidad a la que tiende el progreso desbocado.

Por cierto, el buen anciano está realmente molesto con una reciente biografía sobre su figura, escrita por el especialista norteamericano Herbert Lottman, Jules Verne (Anagrama, 1998) donde dedica más espacio a su supuesto antisemitismo y a las anécdotas domésticas que a explicar, por ejemplo, el contexto científico e intelectual de su época.

Entre maestros

Mientras, los miembros del consejo se arremolinan y discuten, y nos señalan sus propios méritos literarios como anticipadores del desarrollo técnico. Así, el melancólico E. A. Poe nos habla de sus aventuras aéreas en "El infundio del globo", el socarrón Mark Twain nos recuerda una suerte de Internet que imaginó en su "Del London Times de 1904" y Mary Wollstonecraft Shelley, una ancianita feminista, nos recuerda su "Frankenstein", muy ufana por la rabiosa actualidad de las técnicas de implante con miembros de cadáveres.

También se encuentra H. G. Wells, discípulo directo del maestro Verne, para quien la cuestión social es también el núcleo de sus preocupaciones literarias, y que no cesa de especular sobre la inminencia de "La máquina del tiempo". Al final, relajadamente, discuten las últimas novedades y el futuro inmediato de un viejo invento como el fax, y concluyen que ese jovenzuelo ciberpunk, William Gibson, está defasado ("Idoru", Minotauro 1998), puesto que es obvio que pronto será superado y absorbido por las redes digitales. Escuchar semejante juicios de labios de estos sabios venerables, con la displicente suficiencia de quien sabe que ha acertado en sus remotas profecías, resulta realmente divertido.

Agridulce

Sin embargo la conclusión de esta visita al futuro ya cumplido de Verne nos deja un sabor agridulce, pues la confirmación de los grandes aciertos de la imaginación humana nos ofrece una doble cara; la de los colosales avances de carácter positivo junto a la pujante tiranía del tecnicismo.

Nos despedimos de este variopinto Consejo de Ancianos, decididos a que su fantasía profética no sea jubilada jamás, y con la sensación de que es fundamental redescubrir las raíces imaginarias del futuro que a modo de la "resonancia mórfica" de R. Sheldrake, a través de la cultura y la sociedad, han moldeado nuestro presente. Al mismo tiempo sentimos un ramalazo de la nostalgia -que ha de compartir todo ciberlector que se precie de serlo- de nuestras lecturas infantiles de Verne; de su visión entrañable y aventurera del progreso y sobre todo, de su honesta convicción en la responsabilidad de una actitud humanista ante la tecnociencia por parte de los escritores de la cienca ficción de antaño, de hoy y de mañana. Hoy hemos sentido que Futurópolis tiene un pasado, una historia centenaria, una época "clásica", y nos ha gustado, porque a pesar de las apariencias, la sabemos 'recuperable' y un poco más humana y habitable. Inspirados en su ejemplo, seguiremos buscando...

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Más información:

Julio Verne en inglés

Julio Verne en francés

. Verne, un humanista científico.

 

"También nos

muestra su

vena rebelde

y crítica

contra la

tecnología

avasalladora"

 

. El autor adelantó el viaje a la Luna.

 

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