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Por Iñaki Arzoz y Andoni Alonso

Son licenciado en Bellas Artes y doctor en Filosofìa, respectivamente, por la Universidad del País Vasco.

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"El general desconocido"(W.C.)
Los albores de la Neoguerra en Kosovo

"Si quieres la paz no hables con tus amigos, habla con tus enemigos".

(Moshé Dayán)

Hoy vamos a visitar a un personaje del que nos han insisitido que merece la pena conocer, un tal Wesley Clark, que dirige una oscura sección en una importante compañía de juegos informáticos de Futurópolis. Su principal producto es una especie de "monopoly bélico" que no tiene más que una discreta acogida entre el público adicto, más aficionado a los juegos sangrientos y espectaculares, lo cual nos intriga y se ha convertido en la razón principal de nuestra visita: saber porqué, pese a su escasa rentabilidad, no lo han despedido.

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Nos recibe en un amplio y sobrio departamento del sótano un anciano de pelo blanco, cortado a lo marine, de cara enjuta surcada por finas arrugas y de unos inquisitivos ojos azules. Inmediatamente nos pone en antecedentes de su vida, para explicarnos precisamente la importancia de su actual trabajo. Wesley Clark fue el número uno de su promoción en West Point, amigo de un presidente norteamericano un tanto rijoso y, en la cumbre de su carrera, llegó a ser el comandante supremo de la OTAN durante cierto conflicto en la perdida región balcánica de Kosovo (1999).

Pero cuando, escuchando sus "batallitas" de militar retirado, ya estamos arrepintiéndonos de nuestra visita, poco a poco vamos percibiendo la singularidad del personaje, un militar reconvertido en experto en ciberguerras simuladas. Nos muestra a continuación el producto que crean en este departamento; las numerosas pantallas de ordenador muestran gráficos complejos, como dioramas de movimientos de tropas, vectores económicos de las fluctuaciones de bolsa o subidas del IPC, estado de las redes de telecomunicaciones, encuestas de opinión pública, etc. Leemos sus títulos y nos sorprenden: Malvinas, Panamá, Granada, Kuwait, Yugoeslavia...

Reconstrucción virtual

Entonces caemos en la cuenta de la verdadera labor de este departamento-tapadera: está reconstruyendo virtualmente las guerras de finales del siglo XX. Clark, con un deje siniestro, nos explica que todos estos juegos se destinan a captar unos clientes muy especiales: jóvenes hackers que sepan manejar la compleja maquinaria informacional de las guerras modernas, para contratarlos como cibermilitares para la ciberguerra del futuro. Nos sacude un escalofrío al recordar el parecido de esta campaña con el argumento de "El Juego de Ender", de Scott Card, donde la ejecución de juegos simulados por parte de geniales hackers adolescentes era el desarrollo de batallas reales que destruían civilizaciones enteras.

El ex-general, una vez revelada la sorpresa, abandona su tono explicativo y se relaja refiriéndonos sus impresiones más personales. Olvidada ya la lealtad y los juramentos militares, despotrica contra los políticos (especialmente contra un tal Solana), que lo destituyeron al final del 99 y lo alejaron del mando. Todo se debió a que muy pocos comprendieron lo que era la nueva guerra.

Los intelectuales ­entre los que enfáticamente él mismo se incluye-, fueron los primeros en comprenderlo; el pionero fue Jean Baudrillard en "La guerra del Golfo no ha tenido lugar" (Anagrama, 1991) donde interpretó la guerra como un simulacro mediático -auque fue duramente criticado por Christopher Morris, en "Teoría acrítica. Postmodernismo, intelectuales y la guerra del Golfo" (Cátedra, 1997) como una exageración posmoderna-, luego fueron el apocalíptico Paul Virilio con "Un paisaje de acontecimientos" (Paidós, 1997) o Michael Ignatieff y "El honor del guerrero" (Taurus, 1998) donde describe detalladamente los nuevos "guerreros étnicos" y sus estrategias no convencionales.

Pero entre todos esos análisis pioneros y la agria polémica europea entre los partidarios de bombardear Yugoslavia (Vargas Llosa y la mayoría de "intelectuales orgánicos") y los partidarios de no hacerlo (R. Debray, P. Handke, N. Chomsky y los izquierdistas recalcitrantes), el que recuerda con más respeto es al semiólogo Umberto Eco y su obvio concepto de "neoguerra", que ya había reflexionado sobre la materia en "Cinco escritos morales" (Lumen, 1998).

En efecto, Kosovo fue en sentido estricto la primera "neoguerra" , que incluso generó expresiones contradictorias como "guerra humanitaria" y eufemismos perversos como "efectos colaterales". En realidad la "neoguerra" de Kosovo tiene sus raíces en la falsa "guerra mediática" del Golfo, pero Kosovo fue la primera "ciberguerra" -característica fundamental de la neoguerra­ ya que se atacaron webs enemigas, se informó y contrainformó en Internet, se bloquearon cuentas suizas y valores yugoeslavos, además de amenzar con desconectar a Belgrado de la red, todo según un plan ordenado por el Pentágono, según reveló la revista Newsweek.

Ofensiva cibernética

Sin embargo nadie se atrevió todavía a lanzar una ofensiva cibernética masiva, tal vez por miedo a las terribles e imprevisibles consecuencias para todos de una estrategia incontrolada que puede bloquear centrales telefónicas y aereopuertos, eliminar la seguridad de las plantas nucleares o colapsar las bolsas de valores, esto es, provocar una hecatombe en cadena de nuestro frágil cibermundo. Como nos puntualiza Clark, Sun Tzu, el antiguo teórico chino recuperado en el siglo XX, ya nos advirtió en su Arte de la Guerra contra la imprudencia de abrir la caja de Pandora bélica: "la guerra es un asunto muy serio. Hay que temer que los hombres se metan en ella sin la merecida reflexión". "De ahí, la importancia de nuestro departamento de simulación bélica -declara triunfalmente Clark- como forma de captación y formación de guerreros reflexivos..."

La neoguerra de Kosovo terminó felizmente -concluye Clark- no sabemos si apesadumbrado u orgulloso: la negociación y el negocio sustituyeron a la temida confrontación terrestre y todos salieron más o menos contentos, pues la OTAN fue rediseñada ampliando su ámbito de actuación y puso a prueba sus nuevos armamentos y tácticas militares ­desde los misiles inteligentes a las bombas de grafito anti-redes eléctricas-, la industria militar se deshizo del material inmovilizado y se aseguró nuevas carteras de pedidos, el tal Solana se convirtió en el nuevo Mr. PESC ­el "ministro" europeo de política exterior y seguridad común-, Milosevic peina canas como uno de los últimos autócratas vivos de Europa y W. Clark se retiró discretamente al sector privado con alguna que otra medalla más.

Por supuesto unos cuantos miles de civiles murieron "colateralmente" por la intervención aérea y se acometió una aterradora "limpieza étnica", pero el sufrimiento es una cuestión irrelevante en la neoguerra, una mezcla de escaramuza ultratecnológica y guerra ritual finalmente resuelta en amenazas y negociaciones y componendas inconfesables, en beneficio económico y estratégico de los poderosos y sólo apta para las naciones civilizadas.

Quizás Clark es quien menos conforme se quedó con todo el asunto. Ni tuvo su desafiante entrada en Belgrado ni luego su desfile triunfal en Nueva York, ni tampoco -protesta entre jocoso y amargado- una merecida estatua al "general desconocido" que guió tan discreta y eficazmente el timón de aquella primera neoguerra. Su lugar en la historia se reduce a una nota a pie de página de los libros de Historia aunque al tiempo -secreta venganza- le ha convertido en la "eminencia gris" de la próxima neoguerra que puede ser otra dulce escaramuza virtual o, pese a su optimismo, una devastadora ciberguerra...

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Más información:

Kosova Press

Beograd.com

. El general W. Clark.

 

"La neoguerra

de Kosovo

tiene sus raíces

en la guerra

mediática del

Golfo, pero es,

en sentido

estricto, la

primera

ciberguerra"

 

 

. Una guerra también mediática

 

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