Por Iñaki Arzoz y Andoni Alonso

Son licenciados en Bellas Artes y doctor en Filosofìa, respectivamente, por la Universidad del País Vasco.

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Un campo lleno de incógnitas

Pero cuando la filosofía de la tecnología sufre un cambio espectacular es a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. El libro de Rachel Carson, Silent Spring (curiosamente existe una reciente edición de este clásico prologada por Al Ozone-Man Gore, autoproclamdo inventor de Internet), significa poner en marcha el movimiento ecologista y manifestar que los ciudadanos tenemos algo que decir sobre la tecnología, dado que nos afecta de forma muy directa e incluso peligrosa. Y de pronto la tecnología ya no es una simple cuestión secundaria desde el punto de vista filosófico ni un reducto especializado, sino que salta a un primer plano de los mass-media.

El tranquilo progreso tecnocientífico se revela entonces por vez primera, en todos sus ámbitos, como un campo lleno de incógnitas y posibles amenazas, las cuales se han convertido en moneda corriente en la actualidad: desforestación, destrucción de la capa de ozono, cambio climático... En este giro de la filosofía de la tecnología se recuperan figuras de la talla de norteamericano Lewis Mumford y se ponen de actualidad otras como Ivan Illich, quienes influyen, directamente -sobre todo este último de quien es discípulo dierecto- en Mitcham.

Al tiempo que aparecen los primeros grupos ecologistas organizados comienza a fraguarse una paulatina alianza con la academia. Y es a partir de finales de los 70, como fruto de este movimiento social y las implicaciones de la universidad, cuando nacen los estudios CTS o de Ciencia, Tecnología y Sociedad (las siglas anglosajonas son STS; Science, Technology and Society Studies). El Massachussets Institute of Technology de Boston, inaugura la primera licenciatura de este tipo. La segunda fue Penn State University, de la cual Carl Mitcham formó parte casi desde sus inicios, siendo él por tanto uno de los pioneros y quien aportó su formación filosófica más consistente a estos estudios, con su análisis de pensadores tan variados como Marcuse, Foucault, Heidegger o Habermas.

Labor académica


Este contenido teórico lo ha contrastado con un diálogo sostenido con el interlocutor imprescindible, que no es otro que el ingeniero -de ahí su ética y el estudio del diseño ingenieriles- o el informático -y de ahí su colaboración con la American Computer Asociation-. En su Thinking Through Technology, The Path Between Engineering and Philosophy (Chicago Univ. Press, 1994) se puede encontrar una detallada fuente de todos estos problemas y formas de entender la tecnología, así como su propuesta para realizar una síntesis entre el planteamiento de los tecnólogos y de los humanistas.


Dentro de su intensa labor académica, merece la pena señalar el interés que Mitcham ha mostrado desde siempre por la cultura hispana y especialmente la peninsular. Antes de que los estudios CTS aparecieran en nuestro país, él ya había señalado que, aunque nos resulte difícil de creer, el pensamiento hispano siempre se ha mantenido en vanguardia en este campo.

Pensadores de talla


Prueba de ello son sus estudios de pensadores de la talla de Ortega y Gasset y de sus célebres Meditaciones sobre la técnica, uno de los textos fundacionales de esta disciplina, o del navarro exiliado en Hispanoamérica, Juan García Bacca (al cual Mitcham ha traducido parcialmente al inglés). Por lo que nos cabe el consuelo de que, si bien es cierto que nuestra cultura tecnocientífica no puede compararse a la anglosajona en cuanto a producción y novedad, también es verdad que hemos desarrollado históricamente un notable pensamiento crítico sobre la materia, que esperemos que continúe.


En resumidas cuentas, Mitcham es otro ejemplo, en este caso en la filosofía de la tecnología, como Javier Echeverría desde la filsofía de la ciencia o Antonio Rodríguez de las Heras desde la historia, de que el pensamiento humanista desde las humanidades no tiene por qué estar reñido con la tecnología y que, más bien, ambos deben articularse si queremos un mundo futuro tecnológico pero más justo y armónico. Su obra y su ejemplo deben ser un estímulo para que los estudios CTS exploren en especial y más profundamente la cibercultura que viene.

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Carl Mitcham



[ Su obra y su ejemplo deben ser un estímulo para que los estudios CTS exploren en especial y más profundamente la cibercultura que viene. ]