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[II Rueda Internacional de Información Independiente]
 Este mundo de la injusticia globalizadaPag. 2 de 3

No la que se envuelve entúnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, nola que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de labalanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que haciaotro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de loshombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto yriguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensablepara la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es elalimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda,siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, unajusticia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción,una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral,el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.

Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los quemorían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche,para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo,en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el queconvocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y alos incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a lacomunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado alcumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado delcampesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peoraún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoydefienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundoaquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que escondición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente quepueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo.

La libertad y el derecho

Si hubieseesa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantasdolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia,la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, lacondenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuyavoz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiplesmovimientos de resistencia y acción social que pugnan por elestablecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todoslos seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; unajusticia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de susnegaciones.


He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código deaplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese códigose encuentra consignado desde hace cincuenta años en la DeclaraciónUniversal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos yesenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silenciansistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo queestuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad delcampesino de Florencia.

Izquierda anquilosada

Y también he dicho que la Declaración Universal delos Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad dealterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respectaa la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programasde todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de ladenominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos oimpotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, quecierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuroprepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos queera la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismasrazones que me llevan a referirme en estos términos a los partidospolíticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, enconsecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto.

De unmodo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo quehoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento socialresultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegradecirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algode mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que,si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechoshumanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de laglobalización económica.

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["La Izquierda está anquilosada en fórmulas caducas y esimpotente para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual."]
 

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