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Por Raúl
Trejo Delarbre
R. Trejo Delarbre, investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México, periodista y director de
"etcétera", y es autor del libro "La Nueva Alfombra Mágica. Usos y mitos de Internet, la red de redes" (Fundesco, Madrid, 1996).

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"La Britannica"
Evolución del formato de una gran enciclopedia
(18-11-99)

Cuando era joven, a mediados de los años setenta, uno de mis anhelos más recónditos era tener la Enciclopedia Británica. Mi salario de novel profesor universitario no era estrecho en comparación con los sueldos actuales, pero darme ese lujo implicaba prescindir de gastos más urgentes. Un día a mi cubículo de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional en donde yo trabajaba entonces, llegó un agente de ventas de la Enciclopedia. En poco me convertí, a la vez, en dueño de la codiciada colección y en deudor durante 24 meses de la agencia de la Británica en México.

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Ha sido una de las mejores (de hecho una de las pocas) inversiones en mi vida. Hay libros que vale la pena tener, aunque uno no los consulte todos los días y quizá ni siquiera todos los años, pero que allí están, acompañando silenciosamente. Gocé hojear, y acomodar, los diez tomos del diccionario, los diecinueve de la enciclopedia temática y el volumen con el índice de todos ellos. Además, como oferta venían los 54 coloridos ejemplares de los Great Books, que recogen textos clásicos desde Aristóteles y Platón, hasta William James y Sigmund Freud.

En más de una ocasión, la Britannica me sacó de apuros. Pero la vez que más requería de ella no me sirvió para nada. Una vez, entrada ya la década pasada, la crisis económica en mi pequeña familia fue tan ardua que tuve que voltear hacia la casa de empeños.

En el montepío

Como no tenía nada de valor para pignorar, pensé que por la Enciclopedia me prestarían algunos pesos. Guardé los volúmenes en dos grandes maletas y más agobiado que apenado llegué hasta la ventanilla del montepío. Para mi desaliento, allí me dijeron que no recibían libros en inglés. Así que conservé la Britannica, que sigue ocupando un metro y 32 centímetros en el librero de la sala (sin contar los 148 centímetros de los Great Books). Enciclopedia y Grandes Libros me acompañaron en varios cambios de domicilio, causando invariables jadeos de los cargadores que me ayudaban en cada mudanza.

Hace algo más de un año, en una tienda de software en Chicago, encontré la versión de esa enciclopedia en disco compacto. Todo el conocimiento compendiado en aquellos 30 sólidos volúmenes, pero además organizado para consultas en hipertexto, estaba reunido en dos cd's. La delgada cajita de plástico tenía la misma información, además enriquecida y actualizada, que tantas satisfacciones y fatigas me había causado en las décadas anteriores.

Multimedia

Lo pensé un poco, porque no era cosa de someterse así nadamás al imperio de los bytes sobre el papel y la tinta. Pero al final pagué los 90 dólares (estaba en oferta) de la versión multimedia de la Britannica 99. El costo incluía la suscripción por un mes al servicio de la Enciclopedia en Internet. Se trataba esencialmente del mismo contenido de la versión impresa y de los discos compactos, pero con ligas a numerosos sitios de la red en donde puede encontrarse información complementaria.

Pronto, encontré que el empleo de la versión en línea me resultaba más fácil que colocar el cd cada vez que hacía una consulta. Además, la página electrónica de la Britannica ofrece material de contexto a las noticias recientes. Así que no me dolió gastar los 40 dólares que costaba la suscripción anual a la Britannica Online. No suelo pagar por el acceso a sitios en la Internet, porque casi siempre hay un equivalente gratuito a cada uno de ellos. Pero en este caso, me parecía que la calidad de la información lo ameritaba.

De pago

Los sitios de paga siguen siendo una apuesta incierta en la red de redes. Hay quienes sostienen que allí se encuentra el futuro comercial de la Internet: en la medida en que se crean espacios para intereses más específicos, quizá los usuarios de la red acepten gastar algunos dólares a cambio de contenidos que no encontrarían de otra manera. Sin embargo, son pocas las páginas web que han soportado la prueba del tiempo y sobre todo, del mercado. Hace algunos meses "The New York Times" dejó de cobrar por el acceso a las noticias de cada día, así como a su banco de datos históricos. Primero abrió gratuitamente el servicio para los usuarios residentes en Estados Unidos y luego, para todo el mundo.

Ahora, le tocó su turno a la "Enciclopaedia Britannica". El 19 de octubre pasado, los editores de ese servicio en línea anunciaron que dejarían de cobrar. Esperan sostenerse con el alquiler de espacios para publicidad. La noticia suscitó tantos accesos que la página web de la Britannica entró en colapso. "Hemos sido víctimas de nuestro propio éxito", decía un mensaje del presidente de esa empresa editorial.

El mismo día, me llegó por correo electrónico la notificación de que estaba por vencerse la suscripción al servicio en línea que contraté un año antes. Querían 3 dólares al mes, pero me pareció absurdo que a los suscriptores nos pidan que paguemos un servicio que ahora es gratis para todos. Así que ahora tengo tres versiones de la antaño codiciada Enciclopaedia: la que puedo consultar en línea, la que cabe en dos discos compactos y aquella que tardé 48 quincenas para pagar --eso sí, sin intereses--.

Más información

Enciclopedia Británica

. Un clásico enciclopédico.

 

 

"El conocimiento de

aquellos 30 sólidos

volúmenes estaba

compendiado y

organizado en

hipertexto en dos

cd´s"

 

 

.Personajes históricos, léxico...

 

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