Por Alfons Cornella

A.C. es profesor de ESADE y responsable de Infonomía

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La propiedad intelectual
'Lo digital no es propiedad de nadie'
02-04-01

Después de una larga temporada sin vacaciones "decentes" (lamentable vida la del emprendedor digital...) decidí pasar el pasado fin de semana con mi familia en una casa rural, en medio de prados de ese verde intenso que sólo se vive en primavera y en los que explota la vida y las hormonas gobiernan. Me disponía a vivir unos días "fuera" de Internet. Eso creía yo...

Bueno, la verdad es que conseguí desconectar bastante. Aunque, debo confesar, no pude parar de pensar ("I can stop thinking"). Creo que estoy demasiado viciado por el "deporte de pensar" (the sport of thinking).

Para empezar, y para encontrar el lugar más adecuado a donde ir, "comparé" la oferta de varias casas rurales a través de una central de reservas muy interesante sobre este tema en Catalunya, TurismeRural.com. La primera reflexión que me vino a la cabeza cuando lo hacía fue cómo Internet ha permitido "poner en el circuito" comercial de la industria turística a elementos hasta ahora bastante abandonados, como el Camping o este del turismo rural. Una oferta quizás difícil de encontrar en una agencia de viajes tradicional, que ha encontrado su forma de conectar directamente con sus clientes potenciales.

"juguetito digital"

A pesar de lo bien organizado que está este espacio, acabé buscando lo que comentaba en un artículo reciente Michael Cytrynowicz. Porque llamé a un teléfono en el que me atendió una chica a la que lancé una pregunta muy concreta: "qué casa me recomiendas, de acuerdo con mis condiciones concretas" (que le expliqué). Sin dudarlo ni un segundo me dijo: "tal casa es la más adecuada". Me trató tan amablemente, y me pareció que lo tenía tan claro, que le contraté el fin de semana sin pestañear (y debo decir, "a toro pasado", que acertó plenamente).

Segundo. Ya en la casa, me dispuse a comer con el resto de "inquilinos". Pensé: una comida en la que no tendré que explicar "por qué sigue siendo digno dedicarse al mundo de Internet" (hemos caído en desgracia?). Pero este deseo se convirtió rápidamente en un espejismo.

En el grupo apareció el prototipo de "enterado de Internet", que, a la segunda frase, ya había proclamado la idea de lo bueno que era Internet "para esto de los viajes". Un segundo inquilino asintió, no sin demostrar que conocía algunas páginas que el primero desconocía ("moneda social" en su vertiente "atacante". Y un tercero inició un debate variado sobre las virtudes de la Red. Yo, que me sentí atrapado, me juré que si alguno de ellos me preguntaba al respecto, respondería que "me dedico al engorde de cerdos, pero que lo que decían me parecía interesante". Me solidaricé así con las esposas de los susodichos inquilinos, que amable y sufridamente, dejaron a sus maridos que disfrutaran con su "juguetito digital" un día más.

Obviamente, no escribo esto simplemente para explicaros en qué invierto mis fines de semana. Sino por qué de esas comidas entre "expertos" aprendí algo fundamental, que después me ha hecho pensar mucho.

Porque en una de las "sesiones", el "enterado" alardeó de su conocimiento de lugares donde uno podía bajarse programas "de los buenos" en versiones "crackeadas" (vulnerando las limitaciones de uso temporal de las demos). La idea era simple: quien paga por los programas es "tonto" (por lo menos), y cazar versiones piratas es un deporte de merecido reconocimiento.

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[ Quien paga por los programas es "tonto" (por lo menos), y cazar versiones piratas es un deporte de merecido reconocimiento.]