Por Chucky García

Chucky García es editor de Arte y entretenimiento de la Comunidad virtual
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Página II

El destierro de su padre

Ziggy, junto a Rita, viuda de Marley, ha prolongado el apellido paterno del espiritual Bob como una forma de ganarse la vida y no como un compromiso de longevidad con la historia de la música reggae. Ni siquera ha podido edificar un gancho comercial para los "dreads ideológicos" que retomó de su padre, al punto que cada año vende menos copias y se aleja a zancadas de la obra revolucionaria que sembró Bob, aquel jamaiquino extinto que se atrevió a "dispararle al sheriff".

De Sean Lennon, por su parte, no es descabellado asegurar que desenterró a su padre para arrancarle los anteojos redondos y la guitarra de madera en la antesala de su debut como solista. No le bastó con la orgía de merchandising que en "honor" del asesinado Lennon brindaron (y siguen brindando) sus antiguos colegas de The Beatles, con Yoko Ono como maestra de ceremonias y jefe del departamento de contaduría.


Tráfico de órganos

Las leyes del mercado discográfico han sido condescendientes con estos hijos malcriados, donde la forma y el fondo de la música, en casi en todos los casos, están encubiertas por una imagen tipo Max Factor proyectada hacia las poblaciones de público más impresionables y adolescentes.

Los discos de éstos herederos con aspecto de caricaturas no sólo debería llevar una advertencia en la portada (algo así como "Advertencia a los padres: El consumo de este producto causa deterioro hormonal); o en el menor de los casos una etiqueta Mid price (Mitad de precio) a raíz de que, sin duda, se puede comprobar que tiene un repertorio reciclado.


Sin embargo, y teniendo en cuenta el dios de mediocridad que rige a la industria del disco, la oposición a este circo de payasos no pasará de ser una patada al aire, con una única diana en el trasero de los espectadores conformistas o desprevenidos: esos que, para llevarle la contraria a las realidades, compran los discos y llenan las salas de los escenarios donde se presentan los erráticos clones de voz acaramelada y tez de galanes para Barbie.

Hijos de prestigiosos trapecistas venidos a menos que aún ante las críticas exhiben con orgullo su ping-pong rojo y sus zapatos de talla extra larga, estos artistas de procedencia reconocida y futuro en entre dicho seguirán en la rentable tarea de socavar el legado de los grandes, tráfico de órganos que se une a la necrofílica explotación comercial que algunas viudas de intérpretes exitosos han realizado sin pudor en las últimas dos décadas de nuestra historia.
 


[ Las leyes del mercado discográfico han sido condescendientes con estos hijos malcriados. ]